El pasado Martes 19 de Septiembre, el Presidente y magnate empresario de los Estados Unidos, Donald Trump, pronunció su primer discurso en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Sus declaraciones no se alejaron del tono polémico y desafiante de siempre. En esta oportunidad, Donald Trump manifestó una férrea defensa a las soberanías del mundo, criminalizando a los históricos países enemigos de los Estados Unidos: Corea del Norte, Siria, Irán, Cuba y Venezuela. Al respecto, denunció que dichos países constituyen el flagelo del planeta y que son los responsables de la propagación del terrorismo, las guerras, la corrupción y la pobreza.

No obstante el discurso acusador de Trump generó murmullos en la Asamblea General y mucha polémica en el mundo, las repercusiones más alarmantes fueron aquellas vinculadas al tema más candente de la política internacional en la actualidad: el conflicto con Corea del Norte. Trump declaró que Estados Unidos podría llegar a recurrir a la destrucción total de Corea del Norte para defender a su país y a sus aliados. Calificó al presidente norcoreano, Kim Jong-Un de “hombre cohete”, y sobre él apuntó: “Hombre Cohete está en una misión suicida para sí mismo y para su régimen”. 

Las declaraciones de Trump fueron percibidas por el régimen de Corea del Norte como una declaración de guerra, razón por la cual Pyongyang movilizó aviones de combate, tanques de combustible y misiles para iniciar una preparación militar defensiva. 

La defensa enfática de las soberanías enarbolada en el discurso de Donald Trump resulta de una paradoja a la cual el país del norte ya nos tiene muy acostumbrados. La referencia a ciertos valores como bandera en la política exterior de los Estados Unidos: la democracia y la paz mundial. A este habitual discurso, Trump introduce un nuevo valor: la soberanía. 

Hablar de soberanía de los pueblos –por lógica- se traduce en la no injerencia e intervención en los asuntos internos de otros países. En este sentido cabe preguntarse, Estados Unidos condena el desarrollo del programa nuclear de Corea del Norte ¿cuál es el criterio que se utiliza para permitir/prohibir a ciertos países el desarme nuclear? ¿Por qué Occidente puede desarrollar programas nucleares y países como Irán o Corea del Norte se ven imposibilitados? Remitiéndonos al discurso norteamericano sobre la importancia de la democracia en el mundo y, en consecuencia, a la constante violación al derecho de la autodeterminación de los pueblos por la injerencia de los Estados Unidos en los países soberanos del mundo, cabe también preguntarse ¿qué es la democracia? ¿Es realmente un modelo universal aplicable en todas las regiones del mundo? ¿En qué medidas las guerras pueden ser justificadas como “guerras santas” en nombre de la democracia y de la paz mundial?

Viejo Chocho vs. Hombre Cohete

por María Victoria Estrada

Corea del Norte - 

29 /09/2017

La política exterior de los Estados Unidos respecto de la península coreana sigue siendo la misma. Demócratas, republicanos al poder, los intereses perduran y continuarán en la misma agenda. Lo novedoso de Donald Trump es quizás su vano intento de esconder los verdaderos intereses imperialistas de su país, podría llamarse la “política de lo impredecible”, que bien ha desarrollado desde su propia campaña electoral. Es que uno de los rasgos más característicos de Donald es justamente su impredecibilidad: en apariencia un hombre que habla según sus emociones, sin tanto protocolo. Esta política bien podría estar asociada a la teoría del loco (madman theory), en la que el político se muestra como alguien dispuesto a ir al combate con el objetivo de disuadir a sus enemigos de actuar contra sus propios intereses. Sin embargo, como bien dicen en la jerga popular “a loco, loco y medio”, Donald Trump y Kim Jong-Un mantienen una guerra de liderazgos en la que no sólo se enfrentan egocentrismos y lucha de poderes, sino que se disputa, nada más y nada menos, que el destino de la paz mundial. 

 

 

Discurso Donald Trump en la ONU: 

 

análisis 

La naturalización de lo inhumano:

de Charlie Hebdo a las ramblas de Barcelona

                                                                             por María Victoria Estrada 

 

 

 

El mundo se estremece una vez más tras un nuevo atentado, esta vez se trata de unas de las ciudades más visitadas y turísticas de Europa: Barcelona.

A mediados de Agosto, una camioneta atropelló a una multitud en la capital catalana, dejando un saldo de 16 muertos y un centenar de heridos. Se suma un episodio más a la larga lista de víctimas de los atentados reivindicados por el Estado Islámico. 

La trágica y creciente seguidilla de atentados comienza a tener un impacto más global y efecto dominó desde Enero de 2015, a partir del atentado en la sede del Diario Charlie Hebdo en el cual fallecieron 12 personas. Luego –de manera sistemática- se sucedieron los ataques en París, Bruselas, Niza, Berlín, Londres y Estocolmo, entre otros. 

El modus operandi de los atentados es sistemático y comparte rasgos comunes: ya no se trata de la clásica inmolación a la que el fundamentalismo islámico nos tenía acostumbrados –aunque sí se deba destacar el caso particular de las explosiones de bombas durante el recital de Ariana Grande en el Reino Unido- el procedimiento actual consiste en la actuación aislada de los terroristas que –con vehículos o sin ellos- irrumpen en zonas congestionadas por una multitud de personas arrollándolos, apuñalándolos o disparándoles, según el caso. Este accionar aislado de los terroristas es lo que dificulta, en la mayoría de los casos, la identificación temprana y la consecuente prevención de dichos atentados.

 

 

 

 

 

 

 

No obstante, la cuestión más importante del análisis deriva de la deconstrucción de los hechos acaecidos en los últimos tiempos. Como sabemos, los medios de comunicación hegemónicos internacionales no distan de ser tendenciosos: la visibilización de los atentados europeos y el silenciamiento respecto de los atentados y catástrofes en otras partes del mundo dan cuenta de ello. 

Durante la misma semana del atentado en Barcelona, un país africano marcaba lo que sería una las peores catástrofes naturales de la historia de África. En esa misma semana, un alud en Sierra Leona provocó la muerte de 300 personas y la desaparición de 600 habitantes. Familias y comunidades enteras desaparecieron a causa de esta desgracia natural. A pesar de las terribles dimensiones de esta catástrofe, los medios hegemónicos hicieron foco en el taquillero atentado de Barcelona –sin mencionar las verdaderas causas detrás del atentado e invisibilizando la catástrofe natural de Sierra Leona y su urgente pedido de auxilio a la comunidad internacional.

La deconstrucción y el análisis crítico resulta fundamental para comprender la dinámica de la política internacional: sus actores, sus intereses, sus instituciones y los valores que pregonan. En definitiva, todo se resume a una misma lógica: la destrucción sistemática y atropelladora del capitalismo salvaje y la naturalización de sus prácticas inhumanas disfrazadas bajo el velo de la paz y la democracia. 

Una vez más, la ciudadanía de primer y segundo grado: nacionalidades que duelen más, nacionalidades que duelen menos, una categoría decisiva para la elección de las noticias que ocuparán las primeras planas en los medios de comunicación. Hay humanos que no son tan humanos, pues sus tragedias, sus muertes son moneda corriente y, por lo tanto, duelen menos. 

Esta invención occidental tan extendida y generalizada acerca de la “subhumanidad” ha sido y continua siendo aplicada a rajatabla por el capitalismo salvaje y el proyecto colonial moderno, siendo materializado a través de los operadores del poder blando –a saber, los medios de comunicación, los productos culturales y artísticos, entre otros- razón por la cual se ha internalizado y naturalizado en cada uno de nosotros (o la gran mayoría). 

Lo cierto es que los medios de comunicación nunca realizaron un análisis más exhaustivo acerca de las causas que actuaron como caldo de cultivo de los diversos atentados en Europa y el mundo Occidental. En este sentido, cabe preguntarse ¿qué ha hecho Barcelona –España- para “merecer” este atentado? ¿Qué ha hecho Francia, Inglaterra, Bélgica, Alemania? ¿Qué decisiones políticas se esconden detrás de cada atentado? ¿Qué mensaje nos deja la victimización o la excesiva  y parcial sensibilidad? ¿Qué es realmente el Estado Islámico, cómo ha llegado a ser lo que es, quién lo financia y qué objetivos persigue?

De esta manera, se levantan sobre nosotros una gran nube de preguntas que, afortunadamente, mediante el pensamiento crítico y la deconstrucción de la política internacional, encuentran sus respuestas.

El Estado Islamico, ISIS, DAESH, tiene un largo recorrido histórico. Sus orígenes se remontan al año 2002, pero de manera más específica, se vincula con la invasión estadounidense a Irak en el año 2003. En este año se crea la organización paramilitar Al Qaeda, y posteriormente, ISIS, que surge como una organización alterna  con el propósito de combatir las tropas de los Estados Unidos en Irak. Es en el año 2013, cuando tras unirse a la guerra civil contra el régimen sirio de Bashar Al Assad, ISIS se separa de Al Qaeda y se fusiona en una única organización con el frente Al Nusra de Siria, conformando el Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIS). 

A partir de allí, el Estado Islámico –del islamismo suní- comienza a controlar importantes partes de territorios en los países de Siria e Irak, con el propósito de expandirse en la región y el mundo. 

En su ortodoxa interpretación del Islam, el Estado Islámico ha podido sostenerse a través no sólo del cobro de impuestos de los territorios que controla –sino también y fundamentalmente- a partir del apoyo de los países árabes del Golfo Pérsico (Qatar y Arabia Saudita) y los países occidentales que dicen combatirlo (Estados Unidos, Francia, Inglaterra y también Turquía). 

No es noticia (hegemónica menos que menos) que la CIA ha entrenado históricamente a los “rebeldes” para lograr la desestabilización de regímenes políticos y bregar por los valores modernos y liberales: la democracia, la paz… Tampoco es noticia que los países que han sido intervenidos por Estados Unidos y la OTAN en Medio Oriente no han concluido satisfactoriamente el proceso hacia una transición democrática, entendiendo claro, la democracia como un valor universal que Occidente ha intentado aplicar a rajatabla –sin importar las particularidades de la región del mundo de la que se trate-. 

Lo cierto es que en la actualidad los grupos insurgentes y los atentados del yihadismo se alzan contra el mismo monstruo que los engendró. El Califato establecido por el Estado Islámico –con su líder Abu Bakr al-Baghdadi- utiliza de manera sistemática el terror para librar su guerra santa o Yihad y enfrentarse a los países aliados en la lucha contra el terrorismo como respuesta a las injerencias occidentales en Medio Oriente: el saqueo de sus recursos y la intervenciones políticas y económicas en los países árabes. Asimismo, los ataques terroristas son el puntapié decisivo para argumentar y fundamentar las políticas de las nuevas derechas europeas: extremar los límites a la inmigración, cerrar mesquitas (extender el laicismo), impulsar políticas de flexibilización laboral y aumentar el presupuesto en materia de seguridad y defensa, entre otros.

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